¿Qué Será de Nosotros? Buscando Esperanza y Fortaleza en Nuestras Luchas a Luz de un Nuevo Clima Político

Escrito por ALFREDO GARCIA

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A todos nosotros, los estudiantes indocumentados, en algún momento se nos ha revelado la dura realidad de nuestra precaria e incierta existencia en los Estados Unidos. Al aplicar a la universidad, al empezar a manejar, o al tratar de encontrar algún trabajo; nos dimos cuenta lo que significaba ser indocumentado. Vimos cómo se nos cerraban las puertas por la falta de nueve dígitos, y con lamentos atestiguamos como nuestro mundo lleno de aspiraciones se volvía más pequeño. Lo más terrible fue que al considerar la posibilidad de deportación, descubrimos la fragilidad de nuestra presencia en este país. País que, aunque lo llamemos hogar, nos niega como suyos. Nos reconocimos sin papeles ante nuestro porvenir. Y así, nos llenamos de angustia al pensar que nuestro mundo tal como lo conocíamos podría terminar en cualquier momento.

Para mí, como para muchos otros inmigrantes, fueron incontables las noches de desesperanza y angustiosa soledad, donde la realidad como indocumentado aplastaba mi espíritu y mutilaba mi ser. ¿Para qué continuar estudiando si no podría trabajar cuando me graduara? ¿Cómo seguir adelante cuando lo más razonable era darse por vencido? Me reconocí en una miserable situación. Ahí, en esa desesperanzada soledad, me vi a mí mismo y tuve compasión de mí; y de la misma manera, tuve compasión de todos los otros que, como yo, se encontraban en las mismas impotentes circunstancias. Me atreví a salir de la soledad que me inmovilizaba, y al salir me encontré con otros solitarios como yo. Solitarios que cargaban con la misma cruz y recorrían el mismo sendero, con la misma búsqueda y con el mismo anhelo. Es decir, en el camino de la educación encontré a otros estudiantes que también eran indocumentados angustiados, y que, como yo, estaban en búsqueda de un mundo más justo, siempre anhelando una mejor vida.

Al darnos cuenta que no estábamos solos, nos inspiramos unos a otros. Compartimos nuestras historias y las penas de nuestros padres, recordamos sus sufrimientos y nos llenamos de dolor, pero al pensar en sus sacrificios nos renovamos de fuerza. Nos fortalecimos al reconocer que ellos han vivido para nosotros. No fortalecimos al reconocer que, por nosotros, se han entregado a su trabajo – donde han sido humillados y a veces hasta explotados – pero siempre fieles a la creencia que, al aguantarlo todo, en este país sus hijos tendrían la oportunidad que ellos nunca tuvieron. ¿Cómo podíamos darnos por vencidos si nuestros padres no lo habían hecho? Fallarnos a nosotros mismos era fallarles a ellos.

Fortalecidos, decidimos responder a las circunstancias que se imponían en contra nuestra. No importaba que los demás pensaran que era absurdo estudiar sin tener papeles, no importaba si otros decían que no pertenecíamos a este lugar, no importaba si el sistema de educación nos imponía más barreras que a nadie, no importaba si el mundo se nos oponía – ante todo y ante todos decidimos seguir adelante. No entendimos de razones, por más válidas y lógicas que parecieran; decidimos seguir al corazón en su búsqueda de lo absurdo, y tener fe en que lo inalcanzable podría alcanzarse. Nos aferramos a lo que de acuerdo a muchos no nos pertenecía, nos aferramos a un sueño, a realizarnos en este país aunque no nos reconocía, ni nos reconoce. Aun así, quisimos hacer de lo imposible algo posible; esto es, graduarnos de la universidad a pesar de nuestras circunstancias.

Caminamos a tientas, pero llenos de esperanza. Al caminar juntos fue que pudimos hacernos camino al andar. Y en ese camino descubrimos que no era suficiente aguantar y sobrevivir, sino también era necesario luchar. Nos reconocimos en medio de una injusticia y nos lanzamos a lograr no solo el derecho igualitario a una educación, sino también a crear un mundo que viera y reconociera la dignidad de nuestra existencia. Un mundo donde nuestras familias no tuvieran que sufrir más; un mundo donde, aunque no fuéramos ciudadanos de este país, se nos dejara de tratar como objetos; objetos que son valorados en tanto producen. Nos reusamos a que se nos redujera a una categoría abstracta – que se nos llamara “ilegales”, ¡Y gritamos con coraje desde los más profundo de nuestro ser que somos humanos! Somos hombres y mujeres de carne y hueso. Somos hombres y mujeres que sueñan y esperan, hombres y mujeres con pecados y con fe, hombres y mujeres que sufren, lloran, sacrifican, luchan, perduran, festejan y quieren vivir la vida no solo para ellos mismos, sino también para aquellos que llenan esa vida de significado.

Aunque a veces sentíamos temor o miedo, le hicimos frente al mundo. Estuvimos dispuestos a arriesgarlo todo, a sacrificarlo todo, a sufrirlo todo, porque tuvimos esperanza. Esperanza que nació de luchas pasadas; la de nuestros padres y la de nuestros antepasados. Esperanza que nació de una visión de un mundo más justo. Esperanza que nació de la fe en el Dios vivo que hace milagros, que intervine en nuestras vidas y no nos abandona. Dejamos de ser solo soñadores para convertirnos en guerreros. Reconocimos la fuerza de nuestros padres al verlos no como criminales sino como héroes y heroínas. Y así con esperanza, fortaleza y con fe seguimos luchando en medio de esa incertidumbre que nos agobiaba.

El reciente clima político nos ha devastado el alma y quebrantado el espíritu. Una nube de terror, lloviendo un sentimiento anti-inmigrante, ha creado una tormenta de temor por nuestro tan incierto futuro en este país. La corriente de incertidumbre que íntimamente conocemos ahora navega más de prisa por todo nuestro cuerpo. Desde ahí, surge la espantosa pregunta: ¿Que será de nosotros? Pregunta inevitable, que hoy más que nunca demanda una respuesta. Pues al contestarla podríamos calmar la desesperanzada incertidumbre que nos consume al no saber si seremos deportados: Esto es, no saber si podremos continuar con nuestra educación, y al mismo tiempo, no saber si seremos separados de nuestras familias. Sin embargo, no me parece que esta es la pregunta más apropiada en este momento – pues esa la incertidumbre siempre ha sido nuestra más fiel compañera. Las preguntas que son de importancia en este momento son las siguientes: ¿Dónde encontramos esperanza? ¿Dónde encontramos fortaleza? ¿Dónde está nuestra fe para seguir adelante cuando la conclusión más lógica es darnos por vencidos?

Cuando recordemos las respuestas, si no es que ya lo hemos hecho, entonces podremos enfrentaremos de nuevo a este mundo tan injusto. En este momento tan crucial debemos tomar una decisión: Esta es, decidir si seguiremos luchando, sobre todo y ante todo. Ahora más que nunca necesitamos reconocer que no somos los únicos solitarios. Debemos encontrar eso que nos une con otros desamparados. Son muchas las diferencias culturales y religiosas, pero hay una experiencia más poderosa que nos vincula: el destierro interno. Si nos atrevemos a mirarlos a los ojos veremos reflejado nuestro propio exilio. En muchas otras minorías, podemos reconocer que no somos los únicos que han sido condenados a vivir al margen de la sociedad dominante americana, que nos somos los únicos rechazados. Será imperativo que nos unamos a ellos. Y así, perduraremos, pero no esperando por nuestro destino, sino forjándolo mientras luchamos al lado de estos otros exiliados. Juntos perduraremos.


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